Ciencia 12 min

Los dientes del T. rex indican que mantenía el cuerpo tan caliente como un elefante

La química del esmalte de tres dientes fósiles indica que el T. rex tenía en promedio 36,3 °C, parecido a un elefante o a una persona. Es una medición directa en una discusión que llevaba décadas.

Ilustración de un Tyrannosaurus rex de noche, con el contorno iluminado en ámbar y un detalle ampliado de la estructura interna de un hueso
Ilustración: Liminal

Durante mucho tiempo, la imagen de los dinosaurios estuvo dividida entre dos extremos. Por un lado, la del reptil lento que dependía del sol para calentarse. Por otro, la del depredador activo, capaz de moverse y cazar con una fisiología más parecida a la de las aves y los mamíferos.

La temperatura corporal de Tyrannosaurus rex podía ayudar a resolver esa discusión, pero durante décadas no hubo una forma directa de medirla. Ahora, un equipo de investigadores analizó la composición química del esmalte de tres dientes fósiles y calculó que el animal tenía una temperatura corporal promedio de 36,3 °C, con una incertidumbre de ±2,5 °C. El valor es parecido al de los humanos y los elefantes actuales, aunque menor que el de muchas aves modernas. (Estudio en Science Advances)

El resultado indica que T. rex mantenía el cuerpo más caliente que el ambiente en el que vivía. Eso refuerza la idea de que era un animal fisiológicamente activo y capaz de regular su temperatura interna. Pero no significa, por sí solo, que tuviera exactamente el mismo metabolismo que un mamífero ni que todos los dinosaurios fueran “de sangre caliente” del mismo modo.

Por qué la temperatura corporal importa

La temperatura afecta casi todas las funciones del organismo. Las reacciones químicas, la actividad de los músculos, la digestión y el funcionamiento del sistema nervioso dependen de ella.

Un animal ectotermo obtiene buena parte del calor de fuentes externas. Un lagarto, por ejemplo, puede calentarse al sol y enfriarse buscando sombra o entrando en el agua. Su actividad depende en mayor medida de la temperatura ambiental.

Un animal endotermo, en cambio, genera una cantidad importante de calor mediante su metabolismo. Puede conservar una temperatura interna relativamente estable aunque cambie el ambiente. Las aves y los mamíferos modernos son los ejemplos más conocidos.

La distinción no es completamente binaria. El tamaño también cuenta. Un animal enorme pierde calor más lentamente que uno pequeño porque su volumen aumenta más rápido que la superficie que lo rodea. Esa capacidad de conservar calor se llama gigantotermia o homeotermia inercial. Un animal grande podría, en principio, mantener una temperatura elevada sin tener un metabolismo tan intenso como el de un ave pequeña.

Por eso, saber que T. rex estaba a unos 36 °C no responde automáticamente a todas las preguntas sobre su fisiología. La temperatura es una pieza importante del rompecabezas, pero no equivale directamente a una medición de la tasa metabólica.

El termómetro quedó atrapado en el esmalte

El equipo utilizó una técnica llamada termometría de isótopos agrupados. Para entenderla, primero hay que distinguir entre elementos e isótopos.

El carbono y el oxígeno, por ejemplo, tienen distintas versiones naturales. Esas versiones se comportan de manera muy parecida químicamente, pero algunas son más pesadas que otras. En el esmalte dental aparecen pequeñas cantidades de carbono-13 y oxígeno-18, dos isótopos pesados.

Cuando el esmalte se forma dentro del cuerpo, algunos átomos de carbono-13 y oxígeno-18 quedan unidos en el mismo grupo químico. La frecuencia con la que se forman esas uniones depende de la temperatura. A temperaturas más bajas, los isótopos pesados tienden a agruparse con mayor frecuencia; a temperaturas más altas, se distribuyen de manera más aleatoria.

La cantidad de esos enlaces funciona como una señal térmica. Los investigadores extraen una pequeña muestra del esmalte, la tratan con ácido fosfórico y liberan dióxido de carbono. Después, un espectrómetro de masas mide las distintas combinaciones de isótopos presentes en ese gas.

La ventaja principal es que el método permite estimar la temperatura a la que se formó el mineral sin tener que conocer con precisión la composición del agua corporal del animal. Ese era un problema importante en métodos anteriores basados solamente en isótopos de oxígeno: la señal depende tanto de la temperatura como del agua que el animal bebía o incorporaba a sus tejidos.

El esmalte también resulta especialmente útil porque está formado por cristales resistentes y se altera menos que otros tejidos después de la muerte. Los investigadores perforaron pequeñas cantidades de esmalte de los dientes, reduciendo el daño a fósiles que no pueden reemplazarse. El desarrollo de esta técnica llevó más de una década y redujo aproximadamente un 90% la cantidad de material necesaria para hacer las mediciones. (Descripción de UCLA)

Tres dientes, dos individuos y una diferencia clara

Los tres dientes de T. rex procedían de la Formación Hell Creek, en Montana, una región que conserva fósiles del final del Cretácico, hace unos 66 millones de años.

Dos dientes pertenecían a un ejemplar joven adulto conocido como Thomas. El tercero era un diente parcial aislado de otro individuo. Los resultados fueron:

  • 37,3 ± 3,3 °C para uno de los dientes de Thomas.
  • 35,9 ± 2,8 °C para el segundo diente de Thomas.
  • 34,7 ± 2,5 °C para el diente del segundo individuo.
  • 36,3 ± 2,5 °C como promedio de los tres.

Como comparación, los investigadores analizaron cinco dientes de crocodilianos procedentes de depósitos del mismo período y de una región equivalente. Su promedio fue de 30,9 ± 2,6 °C. La diferencia entre ambos grupos fue estadísticamente significativa. (Texto completo del estudio)

La comparación con los crocodilianos cumple una función importante. Si los minerales del sedimento hubieran alterado todos los dientes de la misma forma, los T. rex y los crocodilianos deberían haber producido valores similares. En cambio, conservaron señales diferentes y biológicamente plausibles.

Los investigadores también realizaron pruebas químicas para comprobar que el esmalte no hubiera sido reemplazado o modificado de manera importante durante el enterramiento. Compararon el esmalte con la dentina, analizaron la estructura mineral mediante espectroscopía infrarroja y revisaron otras proporciones isotópicas. En conjunto, esas pruebas no mostraron señales claras de una alteración capaz de explicar por sí sola las temperaturas obtenidas.

El cuerpo estaba más caliente que el paisaje

Una temperatura corporal elevada no demostraría endotermia si el ambiente también tuviera exactamente esa temperatura. Para evaluar esa posibilidad, el equipo necesitaba estimar cómo era el clima de Hell Creek cuando vivía T. rex.

Los investigadores analizaron bivalvos de agua dulce fósiles procedentes de la misma formación. Estos animales registran sobre todo las condiciones de la estación cálida y dieron una temperatura media cercana a 26 °C.

Además, utilizaron un modelo climático de alta resolución para reconstruir el clima del final del Cretácico en Norteamérica. Incluso en el escenario más cálido, las temperaturas máximas de verano en la zona de Hell Creek rondaban los 33 °C, mientras que la temperatura media anual era de aproximadamente 21 °C.

Los dientes de T. rex, por lo tanto, registran una temperatura superior a la del ambiente. El animal no parece haber sido simplemente un producto pasivo del clima, como un lagarto que adopta la temperatura del lugar donde se encuentra.

Eso no excluye que utilizara conductas como buscar sombra, exponerse al sol o entrar en el agua. Los crocodilianos actuales también pueden modificar su temperatura mediante ese tipo de comportamiento. Pero la diferencia entre ambos grupos sugiere que T. rex tenía una fuente adicional de calor o una capacidad mucho mayor para conservarlo.

El hallazgo no empezó la discusión sobre la sangre caliente

La investigación de 2026 no descubrió desde cero que los dinosaurios podían tener metabolismos elevados. Esa posibilidad ya estaba respaldada por distintas líneas de evidencia.

El crecimiento rápido, la estructura microscópica de los huesos, la actividad locomotora y la presencia de dinosaurios en regiones frías habían cuestionado la vieja imagen del animal lento y dependiente del sol. Los estudios basados en isótopos de oxígeno también habían sugerido que algunos terópodos podían mantener temperaturas internas relativamente constantes, aunque esos cálculos dependían de la composición del agua corporal y de otros supuestos difíciles de verificar.

Otras investigaciones analizaron cáscaras de huevo fósiles mediante una técnica de isótopos agrupados similar. Como la cáscara se forma dentro del aparato reproductor, puede conservar información sobre la temperatura corporal de la madre. Esos trabajos encontraron temperaturas superiores a las del ambiente en varios dinosaurios, aunque también observaron diferencias entre grupos y tamaños. La conclusión general no era que todos los dinosaurios tuvieran una fisiología idéntica, sino que la regulación térmica podía variar entre linajes. (Estudio sobre cáscaras de huevo fósiles)

En 2022, un estudio publicado en Nature propuso otra línea de evidencia. Sus autores utilizaron espectroscopía Raman e infrarroja para detectar señales de oxidación de lípidos conservadas en huesos fósiles. A partir de la comparación con animales modernos, infirieron tasas metabólicas elevadas en varios linajes de dinosaurios, incluidos terópodos. El trabajo sostuvo que los dinosaurios ancestrales ya presentaban metabolismos compatibles con la endotermia antes de la evolución del vuelo en las aves. (Estudio en Nature)

Pero esos estudios anteriores respondían preguntas distintas. Algunos estimaban metabolismo; otros, temperatura de formación de huevos; otros, diferencias entre partes del esqueleto. El nuevo trabajo aporta algo específico para T. rex: una estimación directa de su temperatura corporal a partir del esmalte de sus propios dientes.

Qué cambia respecto de lo que se sabía

Antes de este estudio, la evidencia apuntaba cada vez más a que T. rex era un animal activo y no un reptil lento que necesitaba calentarse antes de moverse. Lo que faltaba era una cifra concreta.

El nuevo resultado ubica a T. rex en un punto intermedio entre los reptiles modernos y las aves actuales. Los crocodilianos suelen mantener temperaturas corporales más bajas y dependen mucho de su entorno. Las aves, descendientes de dinosaurios terópodos, suelen tener temperaturas superiores a 40 °C. T. rex habría estado aproximadamente en el medio, pero claramente más cerca de los grandes mamíferos que de un crocodiliano.

Eso cambia la discusión de una manera precisa. Ya no se trata solamente de inferir su fisiología a partir del tamaño, el crecimiento o la distribución geográfica. Ahora existe una medición geoquímica que indica que el animal mantenía una temperatura corporal superior al ambiente.

La diferencia también ayuda a explicar por qué los tiranosáuridos podían ocupar regiones relativamente frías. Se han encontrado fósiles de tiranosáuridos en zonas cercanas al Ártico, donde los reptiles ectotermos modernos tendrían grandes dificultades durante parte del año. Una temperatura interna elevada habría permitido a T. rex sostener la actividad en un rango climático más amplio.

El equipo combinó esa información con modelos del clima del Maastrichtiano y concluyó que buena parte de la Norteamérica de entonces habría sido térmicamente habitable para T. rex, desde zonas meridionales hasta latitudes elevadas. Eso no demuestra que el animal viviera en cada una de esas regiones, pero sí que la temperatura probablemente no era una barrera fisiológica tan fuerte como lo sería para un reptil estrictamente ectotermo.

Un depredador caliente también necesitaba mucha energía

La endotermia tiene ventajas, pero es costosa. Producir calor internamente y mantener una temperatura estable requiere energía. Un T. rex con una fisiología activa probablemente necesitaba un suministro importante de alimento, ya fuera mediante la caza, el carroñeo o una combinación de ambas estrategias.

La temperatura corporal no permite calcular cuánta carne consumía por día. Tampoco permite saber qué proporción de su actividad consistía en perseguir presas, atacar animales debilitados o aprovechar cadáveres. Pero sí establece una condición energética: mantener un cuerpo de varias toneladas cerca de 36 °C no es fisiológicamente equivalente a dejar que la temperatura corporal siga pasivamente la del ambiente.

Esto puede modificar los modelos sobre su ecología. Un metabolismo elevado habría influido en el tamaño de los territorios, la frecuencia de alimentación, la velocidad de crecimiento y la cantidad de presas necesaria para sostener una población. También podría haber afectado la manera en que respondía a cambios estacionales o climáticos.

Al mismo tiempo, la enorme masa corporal de T. rex seguramente contribuía a conservar el calor. La nueva medición no determina cuánto de la temperatura provenía de la producción metabólica y cuánto de la retención térmica asociada con el tamaño. Esa combinación puede haber sido una de las características que permitió a los grandes terópodos mantenerse activos en ambientes diversos.

Lo que todavía no puede decir un diente

La muestra sigue siendo pequeña: tres dientes de dos individuos. Es suficiente para obtener una señal inicial consistente, pero no para describir toda la variabilidad de la especie.

También existe una posible limitación estacional. Los dientes crecen por capas y el equipo solo pudo extraer pequeñas muestras de zonas concretas para preservar los fósiles. Esas muestras podrían representar un período particular del crecimiento, no necesariamente el promedio de todo un año.

Los autores intentaron evaluar ese problema tomando muestras de zonas diferentes de dos dientes de Thomas. Las temperaturas resultaron estadísticamente indistinguibles, lo que no sugiere un sesgo estacional fuerte en esas piezas. Sin embargo, reconocen que el número de dientes es demasiado reducido para descartar por completo esa posibilidad.

Tampoco puede concluirse que la temperatura fuera constante en todo el cuerpo. La medición refleja la temperatura asociada con la formación del esmalte, no una lectura simultánea del cerebro, los músculos, las extremidades y los órganos internos.

Y queda abierta la cuestión más amplia: ¿qué mecanismo producía y mantenía ese calor? La temperatura es compatible con la endotermia, pero también podría haber resultado de una combinación entre metabolismo elevado, gran tamaño corporal y control conductual. Para distinguir esas posibilidades se necesitan más fósiles, más individuos y otras líneas de evidencia.

Qué está establecido y qué sigue abierto

Está establecido que el esmalte de tres dientes de T. rex conserva una señal isotópica compatible con una temperatura corporal media de aproximadamente 36,3 °C, superior a la del ambiente y a la medida en crocodilianos contemporáneos. Eso refuerza la interpretación de que el animal podía mantener una temperatura interna elevada y llevar una vida activa en climas variados.

Sigue abierto si esa temperatura era común a todos los T. rex, cuánto variaba entre estaciones y edades, y si se originaba principalmente en un metabolismo endotérmico o en la combinación de metabolismo, tamaño y conducta. El hallazgo no resuelve toda la fisiología del tiranosaurio, pero transforma una inferencia general sobre su “sangre caliente” en una medición concreta de su temperatura corporal.

Fuentes consultadas