El viaje de una franja de calor por el Pacífico
El Niño desplaza una reserva de agua cálida hacia el Pacífico central y oriental y reorganiza lluvias, sequías, incendios, calor extremo y ciclones a miles de kilómetros. NOAA registra anomalías de hasta 3 °C en la superficie y más de 10 °C en profundidad en algunos sectores.
En una pantalla de monitoreo, una franja anaranjada se extiende sobre el Pacífico ecuatorial. Está pegada a la superficie del océano, pero debajo de ella también aparece una reserva de agua más caliente, hundida a varios metros de profundidad. Los mapas cambian cada día y la mancha avanza hacia el centro y el este, mientras las nubes de tormenta se reúnen sobre una zona donde normalmente el aire es más seco.
La bolsa de agua que se mueve hacia el este
En condiciones habituales, los vientos alisios empujan el agua cálida de la superficie hacia Indonesia y Australia. Frente a las costas de Sudamérica, ese desplazamiento permite que suba agua profunda, fría y rica en nutrientes. Ese ascenso se llama afloramiento y sostiene buena parte de las pesquerías de la región.
La masa cálida que aparece en la pantalla altera ese arreglo. Los vientos alisios se debilitan y el agua acumulada en el oeste comienza a desplazarse hacia el centro y el este del Pacífico. El afloramiento pierde fuerza frente a Sudamérica y la superficie del océano se calienta todavía más.
Cuando este calentamiento forma parte de un ciclo natural que involucra al océano y a la atmósfera, recibe el nombre de El Niño, la fase cálida de un fenómeno más amplio llamado ENSO. La palabra describe una transformación que ya está ocurriendo en el agua, pero sus consecuencias aparecen lejos de allí, cuando la atmósfera responde.
A comienzos de octubre de 2026, NOAA registra temperaturas superficiales superiores a 3 °C respecto del promedio en sectores del Pacífico ecuatorial oriental. En la región Niño 3.4, una zona utilizada para medir el fenómeno, la anomalía alcanza 1,8 °C durante agosto. A cierta profundidad, la reserva de calor supera los 10 °C de anomalía en algunos sectores.
Esa profundidad importa. La señal no pertenece únicamente a una capa superficial que podría disiparse en pocos días. El calor está distribuido dentro del océano y mantiene abierta la posibilidad de que el episodio siga fortaleciéndose durante los meses siguientes. NOAA calcula una probabilidad superior al 90% de que El Niño sea muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027, y estima en 75% la posibilidad de que alcance una intensidad histórica según el índice RONI, que compara el calentamiento del Pacífico con el calentamiento del resto del océano. NOAA.
El calor levanta una nueva ruta de tormentas
Sobre la franja tibia, el aire recibe más energía y humedad. Asciende, se enfría en altura y forma nubes de gran desarrollo. Mientras tanto, sobre Indonesia y Australia, donde suele concentrarse buena parte de la convección tropical, el aire desciende y las lluvias pueden debilitarse.
La convección es el movimiento vertical del aire que alimenta las tormentas. Su desplazamiento modifica la circulación de Walker, un circuito atmosférico que conecta el ascenso del aire sobre las zonas lluviosas del Pacífico con el descenso sobre regiones más secas.
La masa caliente del océano reorganiza así la atmósfera que tiene encima. Las observaciones de 2026 muestran lluvias y convección reforzadas sobre el Pacífico central y oriental, con convección reducida sobre Indonesia. También cambian los patrones de presión atmosférica de una manera compatible con El Niño.
Desde esa nueva posición, el calor envía ondas hacia otras latitudes. Estas conexiones remotas se conocen como teleconexiones: cambios en una región que modifican la circulación atmosférica a miles de kilómetros. No trazan una ruta única. Su forma depende de dónde se concentra el calentamiento, cuánto dura el episodio y qué ocurre al mismo tiempo en el océano Índico y el Atlántico.
Por eso la franja cálida no lleva consigo un catálogo fijo de catástrofes. Cambia las probabilidades de lluvia, sequía y calor en cada región. La Organización Meteorológica Mundial prevé que El Niño persista al menos hasta comienzos de 2027, aunque advierte que la intensidad del fenómeno en el Pacífico no permite deducir por sí sola la gravedad del impacto en un país determinado. OMM.
En Indonesia, el calor deja un suelo listo para arder
A medida que la señal de El Niño llega a Indonesia y partes del sudeste asiático a través de la circulación atmosférica, el aire puede transportar menos humedad. La estación seca se alarga. El suelo pierde agua, la vegetación se vuelve combustible y las turberas drenadas —terrenos orgánicos que pueden arder durante mucho tiempo— quedan expuestas.
En ese paisaje, la masa de agua caliente no enciende por sí misma ningún fuego. El riesgo aparece cuando la sequedad se combina con quemas para despeje agrícola, vegetación disponible y condiciones locales favorables. Una anomalía climática se convierte entonces en incendios extensos y humo persistente.
Un estudio sobre doce episodios de El Niño entre 1979 y 2016 encuentra que los eventos centrados en el Pacífico oriental producen sequías e incendios indonesios más intensos y prolongados que los centrados en el Pacífico central. Las emisiones de carbono asociadas son aproximadamente el doble. El dipolo del océano Índico puede intensificar todavía más ese resultado: una fase positiva del dipolo puede agravar los incendios incluso cuando otro El Niño, más intenso en el Pacífico, deja un efecto menor.
La misma señal atmosférica alcanza Australia y algunas zonas del sur de África con posibles déficits de lluvia, calor, estrés hídrico e incendios. La respuesta australiana varía mucho según la estación y la combinación de patrones oceánicos. En el sudoeste del océano Índico, la OMM identifica un mapa dividido: las zonas meridionales enfrentan más riesgo de sequía y calor, mientras otras áreas pueden recibir lluvias intensas.
Así, el calor acumulado en el Pacífico llega a un terreno donde ya existen decisiones humanas, suelos alterados y vegetación seca. La intensidad del fuego dependerá de esa mezcla, no de la temperatura oceánica aislada. El estudio sobre incendios indonesios.
En otras costas, la misma señal llega como agua
La circulación que seca unas regiones puede transportar humedad hacia otras. El aire cálido y húmedo asociado con la nueva posición de las tormentas alcanza sectores del este del Pacífico, partes de Sudamérica, el sur de Estados Unidos y algunas zonas de África oriental.
Cuando esa humedad se encuentra con suelos ya saturados, ríos crecidos o laderas inestables, aumentan las probabilidades de inundaciones y deslizamientos. En el sudoeste del océano Índico, la OMM pide preparar a las zonas septentrionales y más húmedas para lluvias intensas, inundaciones y movimientos de tierra. Para el Cuerno de África, las previsiones del último trimestre de 2026 apuntan a condiciones más cálidas y húmedas de lo habitual.
La franja cálida del Pacífico no puede señalar una calle y anunciar una inundación en una fecha concreta. El pronóstico global necesita pasar por modelos regionales, información sobre suelos y ríos, mapas de población e infraestructura y sistemas locales de alerta. Solo entonces una probabilidad atmosférica puede transformarse en una advertencia útil para una comunidad.
El mismo procedimiento vale para la sequía. Una previsión de lluvias inferiores a lo normal adquiere sentido operativo cuando se combina con el nivel de los embalses, la humedad del suelo, el estado de los cultivos y la demanda de agua.
El aire caliente entra en hospitales y redes eléctricas
Mientras el agua cálida sigue alterando la circulación, el calor se extiende sobre grandes áreas continentales. La OMM prevé temperaturas superiores a lo normal en casi todas las regiones continentales durante septiembre-noviembre de 2026.
El calentamiento de El Niño se suma a un clima global que ya es más cálido que décadas atrás. Esa combinación eleva el riesgo de olas de calor, aunque no permite afirmar que cada récord de temperatura sea causado por el episodio del Pacífico.
La consecuencia llega por varias vías. El calor puede aumentar las enfermedades relacionadas con las altas temperaturas y sobrecargar hospitales. También incrementa la demanda de electricidad para refrigeración, justo cuando la sequía puede reducir el agua disponible para ciertos sistemas energéticos. Allí donde la franja cálida contribuye a incendios, el humo agrava enfermedades respiratorias. Y cuando después de una sequía vuelven las lluvias, cambian las condiciones para mosquitos y otros vectores.
La Organización Mundial de la Salud incluye entre los riesgos de El Niño las enfermedades por calor, la presión sobre el agua y los alimentos, los impactos en la salud mental y las variaciones en la distribución de enfermedades transmitidas por vectores.
El recorrido del calor termina, por lo tanto, en decisiones muy concretas: abrir centros de enfriamiento, proteger a quienes trabajan al aire libre, reforzar la vigilancia sanitaria y asegurar agua para hospitales y comunidades.
El océano modifica el mapa de los ciclones
La señal cálida también cambia la cizalladura del viento, es decir, la variación de velocidad y dirección del viento con la altura. Esa modificación puede dificultar la organización de algunos ciclones tropicales y favorecerla en ciertas cuencas.
En términos generales, El Niño suele reducir la actividad de huracanes en el Atlántico y favorecerla en partes del Pacífico. La relación cambia según la temporada, la temperatura del mar y el estado de la atmósfera. En el sudoeste del océano Índico, los ciclones forman parte del conjunto de amenazas que deben considerar los Estados insulares, junto con lluvias, inundaciones, calor marino y erosión.
La masa cálida no determina cuántas tormentas se forman ni dónde tocará tierra cada una. Sí puede inclinar las condiciones atmosféricas hacia un escenario más o menos favorable para ciertos ciclones. Para pasar de esa señal a una alerta hacen falta observaciones de corto plazo, pronósticos de trayectoria y evaluaciones de exposición costera.
En una isla baja, una tormenta moderada puede producir daños mayores que un ciclón más intenso en una costa con mejores defensas. El peligro nace del encuentro entre la atmósfera que cambia, el mar que sube y la infraestructura que recibe el impacto.
El calor acumulado alcanza a los arrecifes
La franja de agua caliente también atraviesa ecosistemas marinos. Cuando un arrecife soporta temperaturas demasiado altas durante demasiado tiempo, los corales expulsan las algas simbióticas que les proporcionan energía y color. El resultado es el blanqueamiento. Si el estrés térmico persiste, parte de los corales puede morir.
Los episodios fuertes de El Niño coincidieron con grandes eventos globales de blanqueamiento en 1998 y 2010. El cuarto evento global, iniciado en 2023, fue el más extenso registrado hasta entonces: entre enero de 2023 y septiembre de 2025, el estrés térmico suficiente para producir blanqueamiento afectó aproximadamente al 84,4% del área mundial de arrecifes, según NOAA Coral Reef Watch.
El calor del Pacífico puede actuar como un amplificador temporal sobre un océano que ya recibe el efecto del calentamiento global y de las olas de calor marinas. La evidencia disponible indica que el cuarto evento global probablemente terminó a mediados de 2025. Todavía no alcanza para afirmar que El Niño de 2026 provoque por sí solo un nuevo blanqueamiento mundial: harían falta pronósticos específicos de estrés térmico y observaciones de campo.
El recorrido marino deja además otras consecuencias posibles. El debilitamiento del afloramiento frente a Sudamérica reduce el aporte de nutrientes y puede alterar las pesquerías. En distintas regiones, los cambios de temperatura y lluvia afectan cultivos, agua dulce y seguridad alimentaria.
Lo que cambió desde los grandes episodios anteriores
El Niño ya mostró su alcance en 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Aquellos episodios alteraron lluvias y temperaturas, dañaron cultivos, afectaron pesquerías, alimentaron incendios y pusieron bajo presión a sistemas de salud.
En 2026 se combinan tres condiciones distintas. Los modelos y las observaciones apuntan a un episodio potencialmente histórico por su intensidad. El clima de fondo es más cálido que durante los episodios del siglo pasado. Y las redes de satélites, boyas y modelos permiten seguir el calor desde el océano profundo hasta los pronósticos regionales con más anticipación.
La intensidad se mide principalmente en el Pacífico. Los daños se miden en otro lugar: en la cantidad de lluvia, la duración de una ola de calor, la exposición de una ciudad, la vulnerabilidad de una comunidad y la capacidad de respuesta. Un El Niño puede romper un récord oceánico sin producir récords simultáneos de incendios, inundaciones o huracanes.
Esa diferencia convierte la señal del océano en una herramienta de preparación, no en una sentencia. Si una región recibe una advertencia de sequía, puede revisar reservas de agua y planes contra incendios. Si otra espera lluvias superiores a lo normal, puede despejar drenajes, vigilar ríos y preparar refugios. Las autoridades sanitarias pueden anticipar olas de calor, humo o enfermedades transmitidas por vectores.
La ruta todavía se bifurca
Queda establecido que el episodio de 2026 es real, fuerte y probablemente persistirá durante el invierno boreal 2026-2027. Las temperaturas superficiales y subsuperficiales del Pacífico, la respuesta de las lluvias y la coincidencia entre modelos sostienen esa lectura.
También está establecido que el calor oceánico modifica la circulación atmosférica y eleva la probabilidad de peligros distintos según la región: sequía e incendios en algunas zonas, lluvias extremas e inundaciones en otras, calor intenso en grandes áreas y cambios en la actividad de ciclones y ecosistemas marinos.
La parte todavía abierta aparece más adelante en el recorrido. Los modelos no fijan con exactitud el momento del pico ni su intensidad final. Tampoco está resuelto cuánto se desplazará el centro del calentamiento hacia el este o el centro del Pacífico. El dipolo del océano Índico y las condiciones del Atlántico pueden reforzar o contrarrestar las señales en Indonesia, Australia, África y otras regiones.
También queda por traducir el pronóstico global a cada cuenca, ciudad y cultivo. Esa traducción exige datos locales que todavía pueden cambiar. En los arrecifes, el calor acumulado mantiene el riesgo, pero no permite declarar un nuevo evento mundial de blanqueamiento.
La franja de agua cálida sigue allí, observada desde satélites, boyas y modelos. Se sabe hacia dónde empuja la atmósfera y qué peligros puede volver más probables. Todavía no se sabe qué desastres concretos ocurrirán, en qué fecha ni con qué intensidad. Esa incertidumbre es precisamente el espacio donde la previsión puede convertirse en preparación.