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Nobel de Medicina 2026: La luz que aprendió a tocar neuronas

¿Cómo hacer que una neurona responda a un destello de luz? La respuesta abrió una forma precisa de estudiar qué células causan una conducta y cuáles solo la acompañan.

Infografía de la optogenética: un ratón con una fibra óptica que lleva luz azul a su cerebro, donde solo las neuronas modificadas con una proteína sensible a la luz se encienden, y cómo activarlas o silenciarlas cambia su conducta.
Ilustración: Liminal

Si encendés una lámpara, una habitación se ilumina. Si apuntás con una linterna a una neurona, en cambio, no pasa gran cosa. La luz atraviesa o se dispersa en el tejido, pero la célula no se pone a disparar señales eléctricas solo porque la alumbremos.

Ahora imaginá que pudiéramos hacer que ciertas neuronas fabricaran una proteína especial. Una proteína que, al recibir luz, abriera una compuerta y dejara pasar cargas eléctricas. Entonces sí: un pulso de luz podría activar —o frenar— esas células en el momento exacto que quisiéramos.

Eso, dicho de manera muy resumida, es la optogenética. Y por descubrir las piezas fundamentales de esa herramienta y convertirla en una forma práctica de estudiar el cerebro, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 fue para Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel.

La idea que a mí me parece más importante es esta: hasta entonces, los científicos podían observar qué neuronas se encendían durante una conducta, pero les costaba muchísimo saber si esas neuronas causaban la conducta o simplemente estaban allí, acompañándola. La optogenética permitió intervenir con precisión y preguntar: “Si enciendo estas células ahora, ¿qué ocurre? ¿Y si las apago?”.

El problema de tocar un cerebro sin tocarlo todo

Las neuronas se comunican mediante señales eléctricas muy rápidas. Una de ellas puede producir un impulso en unos pocos milisegundos: menos tiempo del que tardás en parpadear.

Durante mucho tiempo, los investigadores tuvieron dos caminos principales. Podían registrar la actividad eléctrica de las neuronas, como quien escucha una conversación desde otra habitación. O podían estimularlas con electrodos, aplicando corriente.

Ambos métodos eran útiles, pero tenían un problema: no eran demasiado selectivos.

Una corriente eléctrica puede activar varias células cercanas, aunque el investigador quiera afectar solo una clase de neuronas. Un medicamento puede actuar sobre muchas células que tienen el mismo receptor. Y si una zona del cerebro se ilumina en un registro o se activa mediante un electrodo, eso no necesariamente revela qué tipo de neurona hizo qué cosa.

Supongamos que durante una situación de miedo se activan muchas células. Si uno registra esa actividad, sabe que está ocurriendo algo en ese circuito. Pero todavía no sabe si esas neuronas producen el miedo, si lo reducen o si simplemente responden a otra cosa que está pasando al mismo tiempo.

Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN, señaló este problema en 1979: la neurociencia necesitaba una manera de controlar tipos concretos de neuronas sin afectar a todas las demás.

La solución que finalmente apareció combinó dos ingredientes que, por separado, ya existían: genética y luz. La genética permitía elegir qué células fabricarían una proteína determinada. La luz permitía activar esa proteína en intervalos muy breves y en un lugar preciso.

Aclaro algo antes de seguir: estoy simplificando mucho. En un cerebro real no hay una ruedita con las posiciones “neurona encendida” y “neurona apagada”. Pero esta simplificación sirve para entender qué hizo tan novedosa a la técnica.

Un alga con una compuerta en la membrana

La historia empezó lejos de un hospital y más lejos todavía de un cerebro humano: en un alga unicelular llamada Chlamydomonas reinhardtii.

Esta alga nada usando pequeños filamentos y puede orientarse según de dónde viene la luz. Para hacerlo necesita detectar la iluminación y convertirla rápidamente en una respuesta eléctrica que cambie su movimiento.

Peter Hegemann estudiaba justamente esas respuestas eléctricas. Lo que llamó la atención fue la velocidad: el alga reaccionaba a la luz casi inmediatamente. Eso sugería que entre “llegó luz” y “cambió la electricidad de la célula” no había una larga cadena de intermediarios químicos.

La explicación más probable era más directa: tal vez el sensor de luz y la compuerta eléctrica formaban parte de una misma proteína.

Esa proteína pertenecería a una familia llamada rodopsinas microbianas. El nombre no hace falta recordarlo, pero la idea sí: son moléculas capaces de absorber luz usando una sustancia relacionada con la vitamina A, llamada retinal.

El equipo de Hegemann intentó estudiar esas proteínas de la manera habitual, aislándolas y purificándolas. No resultó sencillo. Eran escasas, inestables y difíciles de manipular. La biología, en estos casos, tiene la delicadeza de una cerradura oxidada.

Entonces cambiaron de estrategia. En vez de buscar la proteína directamente, buscaron sus instrucciones: los genes que podían fabricarla.

En 2001, Suneel Kateriya, que trabajaba en el grupo de Hegemann, encontró en una base de datos de ADN secuencias de Chlamydomonas que parecían corresponder a rodopsinas desconocidas.

Ahí entró Georg Nagel. Su equipo tomó esos genes y los introdujo en células grandes y fáciles de estudiar eléctricamente: ovocitos de rana. Si las proteínas eran realmente compuertas activadas por luz, al iluminar las células debía aparecer una corriente eléctrica.

Apareció.

En 2002 describieron una de esas proteínas, a la que llamaron Channelrhodopsin-1. “Channel” significa canal: la proteína no se limitaba a detectar la luz y enviar una orden a otra molécula. Ella misma formaba un conducto por el que podían pasar iones, partículas con carga eléctrica.

Para mí, este es el primer momento lindo de la historia: una célula diminuta, que ni siquiera tiene cerebro, llevaba incorporado un mecanismo capaz de convertir luz en electricidad de manera directa.

La proteína que resultó especialmente útil

En 2003 llegó el hallazgo todavía más importante: Channelrhodopsin-2, o ChR2.

Cuando la luz azul golpea esta proteína, la proteína cambia de forma y abre su canal. Por él pasan iones positivos. Ese movimiento modifica el voltaje de la membrana celular y la vuelve más propensa a producir una señal eléctrica.

En una neurona, si el cambio es suficiente, se dispara un potencial de acción: el impulso que la célula usa para comunicarse con otras.

Los investigadores probaron ChR2 en células animales y observaron que funcionaba. Eso ya era sorprendente. Una proteína tomada de un alga podía fabricarse dentro de una célula de mamífero y transformar un destello azul en una corriente eléctrica.

Frená acá: si entendés esto, entendiste el corazón del Nobel. Un gen de alga produce una proteína que se comporta como un interruptor sensible a la luz. Si conseguimos que una neurona fabrique ese interruptor, podemos intentar activarla con un pulso luminoso.

Dicho de otro modo: no se trata de iluminar una neurona común, sino de modificarla para que la luz tenga un significado eléctrico para ella.

La prueba en neuronas

Karl Deisseroth era médico, psiquiatra y neurocientífico en Stanford. Le interesaban los circuitos cerebrales relacionados con la conducta y los trastornos psiquiátricos, pero se encontraba con la limitación que tenía toda la disciplina: era difícil controlar una población definida de neuronas sin arrastrar a muchas otras.

En colaboración con Edward Boyden, Feng Zhang, Georg Nagel, Ernst Bamberg y más investigadores, intentó llevar ChR2 a neuronas de mamífero.

La cadena de acontecimientos era sencilla de contar y difícil de lograr:

Primero, había que introducir el gen de ChR2 en las neuronas.

Después, las neuronas tenían que leer ese gen y fabricar la proteína.

Luego, la proteína debía llegar a la membrana celular, incorporar su retinal y conservar su capacidad de abrirse con la luz.

Por último, el pulso luminoso tenía que ser suficientemente fuerte para cambiar el voltaje de la neurona, pero no tanto como para dañar la célula ni calentar innecesariamente el tejido.

En julio de 2004, Deisseroth comprobó en neuronas cultivadas que la proteína podía fabricarse, llegar a la membrana y activar las células al iluminarlas. El trabajo se publicó en 2005: demostraba un control óptico de la actividad neuronal en una escala de milisegundos y dirigido genéticamente.

La precisión temporal era fundamental. Un medicamento puede tardar bastante en hacer efecto y seguir actuando cuando ya no lo querés. En cambio, un pulso de luz puede durar muy poco, y la respuesta de la neurona ocurre en un tiempo comparable al de sus señales naturales.

La precisión celular también era fundamental. La luz podía activar solo las neuronas que expresaban ChR2. Las demás, en principio, no tenían esa compuerta y no respondían.

No solo encender: también apagar

La técnica no quedó limitada a activar neuronas.

Existen otras proteínas sensibles a la luz que pueden inhibirlas. Algunas permiten introducir iones negativos o transportar cloruro hacia dentro de la célula. Eso hace que la neurona se vuelva menos propensa a disparar.

Así, la optogenética puede funcionar en los dos sentidos: activar ciertas células o reducir su actividad.

Para lograrlo en un animal, los investigadores usan métodos de genética molecular. Por ejemplo, pueden introducir el gen de una opsina —así se llama en general a estas proteínas sensibles a la luz— mediante un virus modificado que no causa la enfermedad habitual del virus. También pueden aprovechar secuencias reguladoras que hacen que el gen se active principalmente en determinados tipos de neuronas.

Después colocan una fibra óptica muy fina cerca de la zona que quieren estudiar. La fibra lleva pulsos de luz azul, o de otro color, hasta las células que tienen la proteína.

No es magia, aunque visto desde afuera tenga un aire bastante futurista. Es una cadena muy concreta: el gen llega a ciertas células, esas células fabrican la proteína, la proteína responde a la luz, los iones atraviesan la membrana y cambia la actividad neuronal.

La duda razonable: ¿servía para algo más que fabricar una herramienta?

Al principio había motivos para desconfiar.

Nadie sabía con seguridad si una proteína microbiana se plegaría correctamente dentro de una neurona de mamífero. Tampoco estaba claro que llegara a la membrana, que encontrara suficiente retinal o que produjera una corriente capaz de activar una célula.

Y había una objeción científica atendible: tal vez se había construido una herramienta curiosa, pero no una forma nueva de entender el cerebro.

El primer trabajo de Deisseroth y sus colaboradores fue rechazado inicialmente por Science. Una de las críticas era, justamente, que demostraba que ChR2 funcionaba en neuronas, pero no presentaba un descubrimiento biológico más amplio.

A mí me gusta este tropiezo porque muestra algo que a veces se pierde en los relatos sobre grandes premios: una idea puede parecer evidente después de funcionar y bastante dudosa antes.

Además, la optogenética no nació de un único laboratorio ni de un inventor solitario. Gero Miesenböck había desarrollado antes estrategias para controlar neuronas con luz de manera indirecta. Zhuo-Hua Pan, Stefan Herlitze, Hiromu Yawo, Alexander Gottschalk y otros grupos demostraron que ChR2 podía funcionar en distintos sistemas, desde neuronas cultivadas hasta circuitos de animales.

Esos resultados independientes fueron importantes. Si solo un laboratorio obtenía el efecto, siempre quedaba la sospecha de que podía tratarse de un error o de una particularidad de su método. Cuando varios grupos lo reprodujeron en contextos diferentes, la técnica dejó de parecer una rareza.

De una célula iluminada a una conducta

La gran ventaja de la optogenética aparece cuando se la usa para probar causas.

Imaginá que un grupo de neuronas se activa cada vez que un ratón recuerda un lugar donde recibió una descarga eléctrica. Registrar esa actividad muestra una relación, pero no alcanza para decir que esas células forman parte de la memoria del miedo.

Con optogenética, los investigadores pueden marcar ese conjunto de neuronas, introducir allí una proteína sensible a la luz y activarlo o inhibirlo en otro momento. Si al activar esas células el animal vuelve a mostrar una respuesta de miedo, o si al inhibirlas esa respuesta disminuye, se obtiene una evidencia causal mucho más fuerte.

Eso no significa que esas neuronas sean “el miedo” guardado en una cajita microscópica. Una conducta compleja depende de circuitos distribuidos y de muchas condiciones. Pero la técnica permite aislar una pieza del circuito y comprobar qué ocurre cuando se la manipula.

Con ese enfoque se estudiaron memoria, miedo, recompensa, adicción, sueño, dolor, movimiento, sed, alimentación y conductas sociales. También se investigaron circuitos vinculados con depresión, epilepsia y enfermedad de Parkinson.

La optogenética no lee pensamientos ni permite manejar a voluntad la mente de un animal. Permite intervenir sobre células seleccionadas y medir las consecuencias. Esa diferencia es enorme, y también evita que la explicación se nos vaya de paseo hacia la ciencia ficción.

El paciente que volvió a percibir luz

El Nobel no premia un tratamiento ya establecido para enfermedades neurológicas. La mayor parte de la optogenética sigue siendo una herramienta de investigación, sobre todo en animales de laboratorio.

Pero ya hubo una demostración clínica llamativa en la retina. En 2021, un paciente con retinitis pigmentosa recibió una terapia génica destinada a hacer que ciertas células de la retina fabricaran una opsina. Como esas células no eran originalmente sensibles a la luz de la manera habitual, el paciente utilizó unas gafas que detectaban cambios en la escena y proyectaban pulsos luminosos sobre la retina.

El estudio informó una recuperación parcial de la percepción visual. Parcial es la palabra importante: no se trató de recuperar una visión normal, y fue el resultado en un solo paciente.

Llevar la técnica al cerebro humano es mucho más difícil. Hay que introducir los genes en las células correctas, evitar reacciones inmunológicas, mantener el efecto durante mucho tiempo y llevar luz a regiones profundas sin dañar el tejido. Además, las células humanas no siempre pueden seleccionarse con la precisión disponible en un ratón.

Por eso, hasta donde sé y según el estado de la investigación que acompaña a este premio, la optogenética es sobre todo una ventana experimental hacia el cerebro y solo en algunos casos empieza a convertirse en una intervención médica. Conviene entusiasmarse, sí, pero con los pies —y las fibras ópticas— sobre el suelo.

Hegemann y Nagel encontraron en un alga la compuerta que convierte luz en electricidad; Deisseroth y muchos otros la llevaron a las neuronas. Desde entonces, una luz diminuta puede hacer una pregunta enorme: si esta célula se enciende ahora, ¿qué cambia en el cerebro?

Fuentes consultadas